Teatro Manuel Ávila Camacho.


La historia de la ciudad de Chetumal es extensa y llena de grandes sucesos. El día de hoy vengo para platicarles sobre uno de los edificios más icónicos de la ciudad y que por desgracias se ha dejado en el olvido.

Para ello me he tomado la libertad de tomar los recuerdos de Mario, un escritor que dedica su tiempo a relatar mensajes motivacionales y recuerdos de su memoria, tal y como lo es el caso del Teatro Manuel Ávila Camacho.

Construcción.

Según los datos de la maestra Tere Gamboa y el cronista de la ciudad, Don Ignacio Herrera Muñoz, la construcción del teatro inició en el año 1946. Gracias a l cercanía que guarda con l Bahía y por la altura del terreno, la cimentación, al igual que el palacio de gobierno, tenía que realizarse sobre grandes pilotes de concreto que se entierran a grandes profundidades, mismas que llegaban hasta los 15 y 20 metros. La construcción fue al estilo Art Deco. La obra fue suspendida, quizás por la lucha contra con el manto freático y lo costoso de la construcción, pero como sea, fue puesta en pausa por un lapso de dos o tres años. No fue sino hasta el año 1952 cuando la obra fue retomada hasta su terminación, mientras el estado se encontraba bajo el mandato de Margarito Ramírez Miranda.

Para aquella época, el edificio era muy moderno, puesto que tenía una capacidad para 1500 personas en dos plantas y contaba con un sofisticado equipo de estereofónico, con un sistema technicolor y pantalla cinemascope, para ese entonces lo más adelantado en proyección de cine. En esa época ya habíamos dejado atrás el cine mudo en blanco y negro y las viejas películas de Charles Chaplin que, en algún momento, fueron la delicia de los jóvenes de antaño.

Tan elegante con sus alfombrados en los pasillos, sus espaciosos baños, tan cómodas y confortantes butacas, un amplio escenario para teatro, una dulcería, espacio para camerinos, la tramoya y las dos taquillas. Era un lugar perfecto para la presentación de multitudinarios y elegantes eventos en un espacio con techo. Teniendo una amplia sala de proyección, su espectacular vista hacia la explanada y al parque junto a la bahía, al igual que la colosal proyección de lámina de zinc, se convertía, en conjunto con el palacio de gobierno y la explanada de la bandera, en un lugar emblemático del centro histórico de la ciudad de Chetumal, mismo que también era un lugar lleno de diversión para todos.

Entre sus demás características se pueden apreciar las dos salidas laterales en las cuales se ubicaban los estacionamientos de los vehículos más usados de su tiempo, es decir, las bicicletas. Aquellas que más abundaban eran las de marca Raleigh o Humber, mismas que se importaban principalmente por l casa Farah, negocio de Doña Lucy y Don Neguib, concesionarios de la marca.

Actividades de la época.

Para aquellos tiempos, el usar una bicicleta Relaigh era signo de Status, además de adornarla con cintas de colores y esferitas plásticas que, al rodarla, producían un elegante sonido de “tic, tic, tic” que llamaba la atención al paso. Aquellos tiempos en los que el calor del caribe hacía que las personas durmieran con las puertas y ventanas abiertas, con total seguridad de que nadie se adueñaba de cosas ajenas que se tenía la confianza de dejar la bici estacionada en algún punto de la ciudad para luego mandar a los hijos a buscarla.

Para aquel entonces la energía eléctrica era restringida y sólo se tenía ese gusto de 6 de la tarde a 11 de la noche. Tiempos en el que se acostumbraba a tener un pequeño transformador en casa para proteger las radios y tocadiscos del débil voltaje que llegaba a las casas. Llegando las 10:30 de la noche un parpadeo de la luz daba el primer aviso del corte, 15 minutos después se daba un segundo aviso de la misma manera y a las 11 la luz se iba por completo. Las personas que quisieran deambular de noche se veían obligadas a portar sus lámparas de mano para pasear por las calles de la ciudad que llegaban hasta La Explanada de la Bandera, por el Norte, a la Escuela Belisario Domínguez, por el Sur, a Punta Estrella, donde ahora está el Congreso del Estado, por el Oriente, y al Julubal, donde ahora está el edificio del Tribunal Superior de Justicia, por el Poniente. Lo demás que quedaba no eran más que veredas y pastizales en donde pastaban los caballos y animales de granja.

A pesar de que la gran mayoría de las casas eran de madera y lámina, también había en gran abundancia las forradas de tasistes, que son pequeños postes fibrosos de la llamada palma del pantano, mismas casas que tenían techo de paja, huano o chit.

Sí querías tener una aventura para probar tu valor tenías que adentrarte en Barrio Bravo o Juan Luis en aquellas horas de la noche, cosa que requería de nervios, temple y valor, pues corrían por la ciudad los relatos de aparecidos, además de las famosas historias y leyendas de “La Llorona”, “Los Encapuchados”, “La Lechona” o “El Encebado”.

También se tenía como costumbre, después de salir del Teatro Ávila Camacho, pasar por “La Nevada”, una cafetería y lonchería muy significativa del centro de la ciudad. En ella podías pasar a cenar, tomar un café o simplemente detenerte a platicar con los amigos. Además, también podías seguir un poco más adelante, llegando a la esquina de Héroes con Carmen Ochoa, lugar donde ahora se encuentra el “Palacio de las Pelucas”. Era ahí donde se encontraba el carretón de “Don Huacho” otro excelente lugar para pasar a cenar deliciosos sándwiches de pavo y queso de bola o bien de jamón claveteado, teniendo de postre un delicioso pudín… debo admitir que se me hace agua la boca el sólo pensarlo.

Eventos del Teatro Ávila Camacho.

Fue en el cine Ávila Camacho en donde alguna vez se llevaron a cabo las ceremonias de coronación de las reinas del Carnaval, mismas que se les entregaba de premiación la entrega de certificados de la Escuela Secundaria López Mateos. En el lugar también llegaban obras de teatro que provenían de México, así como lo fue “Caravanas Corona”, trayendo consigo famosas artistas, entre los que se destaca a Vicente Fernández con su muy marcado género de música ranchera.

Se destaca, de gran manera y hablando muy bien de la educación y cultura de la población, que en aquel entonces, a principios de los sesentas, las dos primeras filas se reservaban par el Gobernador y sus funcionarios, sin presión de ninguna índole, la gente en aquella sociedad tan respetuosa de la máxima autoridad de la ciudad reservaba esos asientos y nunca los ocupaba.

También se presentó en alguna ocasión la función de cine de la “Raimbow”. Cuando en Chetumal se consumía la mayoría de las conservas enlatadas de importación, la leche Raimbow era la de mayor consumo de la localidad. El concesionario para la región era el señor Santiago Castillo, proveniente de la ciudad de Belice, quien, por medio de su agente, William Geeg, quien vivía en Corozal, venía con frecuencia a realizar una función de cine gratuita como promoción de la leche. Los boletos de la función se adquirían a cambio de la presentación de 15 etiquetas de la leche Raimbow.

La función de la Raimbow, que se realizaba a las tres de la tarde, para no interferir con la programación habitual del cine, siempre exhibía grandes cintas, pues muchas de ellas, si es que no todas, las traía Willy consigo desde Belice.

A la mitad de la función de realizaba un intermedio en el que se daba inicio a una rifa. De acuerdo con la numeración de los boletos tendría lugar dicha rifa. Consistía en que la mitad de los boletos los conservaba Willy y la otra los conservaban los visitantes a la función. Uno de los asistentes a la función subía al escenario y sacaba del ánfora tres boletos. A cada boleto le correspondía un premio que consistía en una caja de 48 latas de leche con chocolate “Raimbow”. Después la función continuaba normalmente hasta su terminación.

La función de “La Raimbow”, así como las películas, las obras de teatro y todos los eventos que albergó ese icónico lugar lleno de risas y diversión, es motivo de lamentación y tristeza del imperdonable estado en el que se encuentra actualmente… durante toda una generación.

Chetumaleños de ayer, hoy y siempre.

No obstante, hace poco se presentó la iniciativa de un grupo social denominado “Chetumaleños de ayer, hoy y siempre” presentaron ante las autoridades estatales, municipales y empresarios, una propuesta para que se lleve a cabo el techado de los mil 250 metros cuadrados del teatro.

 

Misma inversión que se prevé tenga un alcance de tres a cuatro millones de pesos.

 

 

Es así como inicia el intento de recuperación de un monumento, una edificación tan simbólica e importante de nuestra ciudad de Chetumal, misma que, al verse abandonada durante tantas décadas, ha ido deteriorándose hasta quedar prácticamente irreconocible.

Edgar.

                                                                                                                                                                                                                 Con información de El Espacio de Mario.                                                                                                                                                                                                        Redacción por El Territorio.

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